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COLECCIONES

POSICIONES
Ariel Pennisi & Adrián Cangi

¿Qué significa tomar una posición en política? ¿Están ya incorporados en un posicionamiento político el derrotero vital que organiza desprolijamente una ética y, al mismo tiempo, la respuesta titubeante ante la demanda de un estado de cosas? ¿Qué se juega entre la pesadez de una coyuntura, con sus presiones, sus histerias y paranoias, y la interioridad de una práctica ético política, sino una toma de posición como atragantamiento del espíritu y riesgo de la acción? Nunca es fácil posicionarse ¿Puede resultar inventiva una posición política o se reduce ésta a la respuesta entre coqueta y negociadora de un cortejado por los comandos, no necesariamente sujetos constituidos, sino modos de relación instalados?

Toda toma de posición supone un llamado. Grito de los otros, clamor de las circunstancias, inquietud existencial, temblor corporal. La propia posición está hecha de los otros, los supone y modifica al mismo tiempo. Tomar una posición como otro en sí mismo, insinuar modos de existencia según formas de encontrarse. Los otros son la condición de toda autonomía, y sólo hay
composiciones autónomas. Autonomía no significa poder hacer lo que se quiere, como en una consigna política alucinada, ni simplemente querer lo que se puede, suerte de adaptación de un espíritu absoluto a la finitud mundana; porque la autonomía no se define como una “operación del alma”, como una decisión sin cuerpo, una consciencia pura que distingue en última instancia
al hombre de las cosas. Aun en la bella perplejidad cartesiana frente a esa distinción, la autonomía pasa por el cuerpo como una estridencia incontenible y es expresión de una cosa sintiente y pensante. Cosa pública, nosotros abierto, posición de cualquiera.

Que no hay posiciones puras es tan cierto como que los posicionamientos políticos no se agotan en dicotomías ni se desganan en nihilismos. De hecho, elegir entre dicotomías cerradas y nihilismos vacuos, nos conduce hacia dicotomías cerradas o nihilismos vacuos. Círculo vicioso para la filosofía, formas eficaces para el marketing político. Elegir a la velocidad de la coyuntura podría significar la desrealización del acto mismo de elección. Acaso, ¿no sucede así con los votos? Elegir o construir más allá del apremio coyuntural podría conducir a una posición imaginaria que suele llamarse, desde el hacer político, “purismo”. Pero los amantes del barro, a su vez, instrumentalizan la política, separan formas de contenidos de manera acomodaticia y hacen el elogio de la astucia encarnada por el semblante de un liderazgo.

¿Qué discusión es esa protagonizada por los puristas y los amantes del barro? ¿Y los adalides del consenso? ¿Y los que usan el inevitable talante conflictivo de lo social para justificar pueriles estrategias binarias? En las posiciones políticas –según la expresión de un filósofo argentino– se cruzan irreductiblemente las relaciones de fuerza de carácter determinante y el deseo insobornable de quien se elige como desde un segundo nacimiento. Vivir con otros es el desafío político por excelencia y se juega tanto en el reconocimiento de unas condiciones materiales acuciantes como en la apuesta ética de la composición colectiva. Es decir, en la capacidad que tienen los cuerpos de elaborar políticamente unas experiencias singulares y configurar unas formas de vida. Y en ese caso, también se trata de lo imposible.

Los girones dramáticos que global y localmente nos interpelan dan cuenta de las dificultades propias del capitalismo contemporáneo que seduce y humilla simultáneamente y que incluso se deja criticar por quienes mejor lo cuidan. Gobiernos y medios de comunicación distribuyen las posiciones políticas desde un realismo resignado ¿De qué manera el problema de la emancipación tendría lugar entre posiciones políticas, sin alimentar el mote de purismo o sin recaer en protestas y denuncias estériles?

¿Estaremos en condiciones de conjurar el cinismo y la resignación? ¿Seremos capaces de forjarnos sensibilidades colectivas autónomas, o nuestro destino está marcado a fuego por el realismo del poder, según el cual unos conducen y otros entregan esperanzados o temerosos, e incluso gozosos, su capacidad de orientarse en el mundo? Las posiciones políticas autónomas dependen de las resistencias corporales y las riquezas subjetivas que las tensiones coyunturales e históricas, pero también acontecimentales, habiliten. ¿Pero vasta con arrebatarle a los modos del aburrimiento y la estupidez contemporánea un respiro? Más allá de la demanda –posición cristalizada si las hay–, están en juego la potencia configurante de la amistad, la capacidad de organización de las sensibilidades afines y la necesidad de poblar las ruinas de un sistema de vida decadente y vigente llamado capitalismo.

Las posiciones que pecan de generalidad o las que se estancan en particularísimos sucesos se llaman opiniones. Las posiciones tomadas de antemano, dogmáticamente o incluso en un sentido sentimental, sirven de ideologemas a príncipes y grupos anónimos, es decir, a cuerpos vacíos y corporaciones sombrías. Al mismo tiempo, para lograr que una posición supere la disposición simple del sentido común establecido, debe suponer algún nivel de eficacia. ¿Qué clase de consecuencias acarrea una toma de posición? ¿Se trata de transformaciones biográficas, de contagios colectivos, de nuevas herramientas para la acción, de revelaciones capaces de influir en la opinión pública, de nuevas prácticas militantes? Es difícil escindir en estos tiempos las posiciones políticas de las prácticas capaces de sustentarlas en los dominios que fueran. Observamos con atención posiciones políticas como composiciones heterogéneas, figuras de lo irresuelto, a veces asociadas con el oportunismo otras con el realismo constitutivo de la política. Pero quitando la vista de las “impurezas” ajenas, no se trata sin embargo de enaltecer el decálogo personal, sino de revelar la génesis conflictiva de la propia apuesta.

¿Cómo incorporar a la propia posición las incertezas inherentes a los acontecimientos y condiciones que nos provocan a pensar? Las posiciones sin fisuras no pecan de solidez sino de aires de grandeza; cerrazón conceptual que paradójicamente se sostiene desde subjetividades gélidas, esas que circulan en la desconfianza instalada como medio para quién sabe qué fines. No se trata en nuestro tiempo de alcanzar una solidez demasiado costosa en términos de sostenimiento subjetivo, sino de consistencias sociales que se forjan un arte de la precariedad capaz de posicionarse entre incertezas reales. Posiciones que se inventan desde prácticas consistentes, a veces solitarias, otras más resonantes; posiciones que reclaman a sus contemporáneos solidaridades poéticas, amorosas, militantes…, siempre políticas. Posiciones que no necesariamente rompen el juego existente –o al menos no lo hacen desde un sentido de totalidad– sino que buscan la multiplicación de gestos de apropiación, de posiciones proliferantes y de variaciones como nuevas posibilidades vitales.

En la trama de preguntas que nos animan sólo un convencimiento nos motiva: buscar una intervención que active políticas creadoras frente a situaciones de consenso o de opresión que no dejan otra opción que la ampliación de derechos para la vida y de disposiciones locales afectivas que habiliten otras composiciones del deseo y de la naturaleza disponible. La práctica no viene luego de la instalación de los términos y sus relaciones. Consideramos que la política está en la base del ser, o bien es simultánea o bien lo antecede.

Nos humilla cualquier pensamiento blando amparado en un período llamado “pobre” por su vacío inventivo y por el retiro de un deseo de transformación. Nos motivan a pensar y a sentir los fenómenos en los que se percibe antes el horizonte que los propios intereses y en los que se discuten situaciones, condiciones y disposiciones en las que perdura la existencia de un patrón como imagen sensata del pensamiento. No creemos en una política que se constituya desde el sentido común o desde el buen sentido. Conocemos sus consecuencias en la historia para las prácticas de libertad y para la configuración de fraternidades renovadas.

Valoramos políticas que afirman la potencia y la materia del hombre con vistas a transformaciones vitales. Sólo creemos en una política como creación que se piensa como proceso de formación de una materia o de actualización de una potencia, donde se inventan procesos de racionalización que no preexisten a sus prácticas. Impulsamos un pluralismo de la razón, porque no tenemos ningún motivo para pensar como únicos la materia ni el acto y creemos obtuso cualquier retiro de la crítica o fomento de las ciegas creencias
irracionales. Privilegiamos la extrema cortesía para la organización del espacio que sostiene la ciudad, sin diferir el conflicto.

Quizá no sea suficiente para vencer la desesperación vigente o el retiro de la confianza en este mundo. Pero apostamos, como intervención, a reunir racionalidades que presentan nuevos ritmos, apariencias y medidas, más allá de los callejones sin salida de los dualismos, los cinismos y los nihilismos pasivos. Creemos que la política es inseparable de una práctica deliberada de la libertad que impulsa procesos de subjetivación, revelando bifurcaciones o derivaciones de la imagen del pensamiento de sentido común, para culminar instalando en la historicidad quebrada de la razón un estado de liberación de las relaciones que el hombre establece consigo mismo y con los otros.

La historia del presente merece que actualicemos la potencia activa porque están en juego modos de vida, formas de composición afectivas y lógicas de percepción sensible, en las que se juegan las conexiones y convergencias para hacer el movimiento de la imagen del pensamiento conservando las tensiones imprescindibles a cualquier práctica de transformación o de liberación. Nunca se trata de la salvación individual ni corporativa sino de inscribir la necesidad de lo real político sin claudicar de la experiencia de la libertad y de la configuración de nuevas prácticas vitales. El llamado se dirige entonces a la construcción de series donde se agrupen diferencias eficientes y grupos en los que la libertad individual y colectiva esté asegurada más allá de sus posiciones singulares.


Varios Autores
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Toni Negri